lunes, noviembre 05, 2012

¿CÓMO VEMOS LA CULTURA "CHICHA"?


Yenine María Ponce Jara

Marcaron mis estudios universitarios y de post grado los rezagos de la violencia con la que promovieron una guerra interna dos grupos terroristas y los intensos movimientos migracionales del campo a la ciudad. Una vez controlado el terror, el grueso de provincianos que volvía a la tierra de origen, generaba nuevas formas culturales que se evidenciaban en las capitales de provincia ahora habitadas de manera masiva por grupos provenientes del interior, esto le dio a las ciudades un nuevo aspecto de pobreza colorida, y de grupos emergentes con una capacidad de trabajar y de reinventarse que emocionaba. Y es que en los últimos 70 años el Perú ha pasado de ser un país con mayor población rural, a otro más urbano. El censo de 1940 arrojó un 65% de población rural y 35% de urbana; en 1961, ambas poblaciones se equiparaban; en 1993 sólo el 29% de la población permanecía en el campo y el restante 71% se encontraba en las ciudades. Con respecto de la alfabetización, el 58% de la población era analfabeta, especialmente entre las mujeres campesinas; en 1993, el analfabetismo alcanzaba al 13% de la población. 
Para el último censo del 2007, con una población censada de 27.419.294, se determinó que el 75,96% se encuentran en el área urbana y solo el 24,04%, en el área rural, la población masculina es el 49,7%, mientras que el 50,3% es femenina, la población analfabeta es de 1.359.558 personas de las cuales el 75% son mujeres. 
La desigual distribución de los recursos básicos agrarios, el ansia de una mejor educación, el acceso a mejores oportunidades laborales, y el acceso a servicios básicos para una mejor calidad de vida, ha sido un factor motivacional importante para la migración. 
Los dos oleajes migracionales más evidentes se dan entre los años 50 y 60 del siglo pasado con la esperanza de mejores oportunidades; y en los años 80 por la presencia de grupos terroristas en los sectores rurales del país. Esto ha provocado que en los últimos 70 años la ciudad de Lima haya experimentado cambios significativos en su proceso demográfico, social, cultural, político y de expansión urbana. Uno de estos cambios se refiere a la presencia cada vez mayor de migrantes de origen campesino de casi la totalidad de departamentos, constituyendo el mayor volumen los provenientes de la sierra central y sierra sur, esta incesante migración andina presente, pujante, dinámica, que ha sentado las bases de una nueva mentalidad limeña popular ha ido arrinconando a la vieja "cultura criolla". 
Las élites limeñas en el Perú se remiten al pasado hispánico de la colonia, y ostentan un orgullo de estirpe no andina, que se evidencia en su tipo racial, vinculadas a grupos empresariales y políticos, poseen de antaño heredades que les permiten seguir reproduciéndose económicamente, frente a esta conciencia criolla forjada en la capital virreinal surge, en la sierra sur, una visión alternativa: recuperar la memoria incaica con el mismo orgullo de estirpe de reyes y en la perspectiva de un programa nacional. Como nación, el Perú sigue construyéndose entre la historia representada por los rebeldes de 1780, «lo criollo» como negación de «lo andino», y el orgullo de pertenecer a la civilización más importante del sur América, «lo andino» como más notable que «lo criollo». 
Los grupos migracionales de los años 80, poseían una ventaja en relación a los del 50 y 60. Luego de la reforma agraria que les permite acceso a la tierra como propiedad comunal y privada, las políticas educativas de la dictadura militar de Velasco Alvarado de los años 70 habían logrado establecer escuelas rurales, en las capitales de distrito escuelas secundarias y el sistema ESEP (Escuela Superior de Estudios Profesionales), lo que permitía el acceso a mejor educación a los sectores rurales y una idea de mejores posibilidades de establecimiento en la capital. 
Los grupos migrantes empujados por la violencia ahora instalados en la capital, llevaron consigo todo su bagaje cultural que fue reproducido en el nuevo espacio y desarrollado con todas sus características, pero al mismo tiempo se fueron asumiendo nuevos elementos del espacio socio cultural y geográfico al que llegaron; pero lo que evidencia con mayor notoriedad, la presencia de una ya antigua y masiva población migrante hasta entonces invisibilizada en la capital, es el surgimiento en la década del 80, de un género musical mezcla de huayno serrano del centro y sur y cumbia tropical entre norteña y selvática, a la cual llamaron chicha, y que refleja justamente eso, una mezcla como evidencia de un nuevo individuo que ya no es totalmente migrante, pero tampoco capitalino. 
La primera noción de la palabra "chicha" se adquiere con el diccionario donde figura como bebida, nombrada así originalmente por los indios Cuná de Panamá y que llega al Perú con los españoles para denominar la bebida sagrada de los Incas, que en realidad era “Ajha”, bebida fermentada hecha de maíz. 
Es difícil determinar cómo se produjo ese traslado del nombre de la bebida serrana chicha a la música tropical-andina, que vertiginosamente captó un enorme auditorio entre los sectores más populares del Perú, esta masa migrante que se había instalado en los cinturones sub urbanos de la ciudad de Lima. Esta denominación de la música se trasladó rápidamente para denominar particularidades culturales de este segmento social, formas de vestido con colores chirriantes y contrastantes, formas de comida con particulares mezclas de sabores, costumbres y, aún más, una arquitectura peculiar, una forma de distribución y decoración del espacio en el interior de las viviendas, una forma de organizar las calles y avenidas de estos sectores sub urbanos. La nueva manifestación cultural venía también con un lenguaje, el uso de la jerga o replana, "jerga chicha". 
Pero el término chicha fue siendo utilizado por las clases capitalinas de manera peyorativa, denigrante y racista para denominar el mal gusto, lo que denominamos “huachafería”; como sinónimo de exagerado, bizarro, grotesco. Con este término las clases criollas postcoloniales bautizaban a los sectores emergentes que ostentaban una supuesta torpeza estética; recordemos que se diferenciaron estos migrantes del capitalino originario, por la intensa capacidad de desplegar trabajo sin fatiga, y sus bajos niveles de consumo y estilos de vida muy austeros, lo que les permitió en un lapso de 15 a 20 años acumular una fortuna que en muchos casos sobrepasa la de las élites pudientes limeñas. 
De ser un término para designar lo estridente e inarmónico en conceptos estéticos lo chicha se re definió para caracterizar lo delincuencial, lo clandestino, la ignorancia, el irrespeto a las reglas, la industria sin observación de las normas de calidad, de funcionamiento sin autorizaciones, sin contribuciones al estado; se denomina así a políticos ignorantes y facinerosos, a gente del espectáculo sin formación e información de su quehacer, al profesional que proviene de instituciones sin reconocimiento oficial o sin prestigio y cuya formación deja mucho que desear, a la informalidad en general. 
Sin embargo, en esencia lo chicha pudo ser un emblema de los nuevos procesos culturales del Perú, con características únicas en América, una expresión actual como actitud contestataria a la discriminación clasista, y una estrategia para apropiarse de un espacio que les niega lugar, sin embargo esta carga negativa, no permite un análisis socio cultural y estético saludable y porque aún los protagonistas han asumido que el término “chicha” los denigra, los deforma o caricaturiza. 
Esta actitud no nos permite ver que el arraigo a una cultura provinciana le permitió a la primera generación de migrantes mantener sus costumbres originarias, de trabajo, esfuerzo y ahorro. La segunda generación fue mucho más audaz, pero las élites desarrollaron por ésta un profundo sentimiento de desprecio por considerarlos inferiores. Finalmente, respaldada por la fortuna amasada, pretendieron con éxito acceder a los distritos pudientes y elevar sus niveles de consumo a la de los limeños, sin embargo esta elite los vio siempre como advenedizos. La tendencia a la ostentación casi competitiva que se tenia en este criterio de demostrar que se podía acceder a lo mismo que la clase alta y media alta, hizo que se les denominara como “huachafos”. 
La tercera generación con antecedentes provincianos y sin embargo, limeños ya, formados con el respaldo de la fortuna acumulada, con facilidades para acceder a mejores niveles intelectuales y comerciales se divisa como menos carga discriminatoria y sin afán de competitividad. Pero al mismo tiempo, aún reconociéndose limeños, los invade una especie de orgullo por las tradiciones originarias de los padres y abuelos, las cuales reproducen sin ningún complejo, es más, existe la tendencia a exacerbarlas. Pero no obstante todavía está latente la tendencia a no considerarlos legítimos dentro de los exclusivos estratos de la sociedad capitalina, que aunque ya se mueven en el medio negado a sus padres y abuelos, todavía existe por parte de los primeros un pasivo y oculto sentido de discriminación por este nuevo individuo sincrético que finalmente es el nuevo limeño, y probablemente verdadero peruano.

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