jueves, noviembre 22, 2012

CHUYMAMPI AMUYASIPINITAW REFLEXIONAR EN EL CORAZÓN

 "Tocapu": textil Inca

Yenine María Ponce Jara
Para Alfredo Herrera
Dicen que eres un hacedor de belleza en la palabra
para nuestro pueblo, tu "crías" las palabras, y ellas te crían a ti.

“... agarró a la wawa en sus brazos hablándole al oído … primerito le hizo probar agüita de romero en la boca, para que su palabra siempre sea buena, después le mojó los pies, porque debía tener los pies cansados de tanto caminar, luego el pechito para que tuviese paciencia, para que tuviese gran corazón para pensar …”

“… no es para que estés hablando así nomás con cualquier persona, tú tienes que aprender a entregar tus palabras a personas de respeto, no debes dejar abandonadas las palabras…”
(En: “Rituales de vida en la cosmovisión andina”, Greta Jiménez Sardón)

“Las redactó en un estilo “chuyma aru”, es decir, con el corazón y con el mismo cariño con que se elabora el chuño.”
(En: “Manos sabias para criar la vida”, Juan van Kessel y Dionisio Condori Cruz)

“…Yo te hablo a ti estas cosas y te cuento no solo porque te gusta escuchar, sino porque entiendes y entiendes con tu corazón como somos nosotros sikuris, tú también eres sikuri, bailas.”
(Don Aldemir Calderón, distrito de Conima, provincia Moho, departamento de Puno, 2005)

Todo lo que viene del interior de la Pachamama (madre tierra) o del interior del hombre es sagrado, se le confiere una condición de mágico o maravilloso. Esta afirmación me ha quedado muy clara desde mi primera experiencia con gente de comunidades andinas, los hombres provenimos del Ukhu pacha, que es el espacio del interior, de la profundidad, y al morir iniciamos el retorno a este mundo, por eso se entierra a los muertos con la misma idea con la que se coloca la semilla en el interior de la tierra, con la mirada hacia el sol y cerca del agua para que la vida germine nuevamente. Antonio Cisneros en el último verso de su poema “Paracas” dice: “que bajo estas arenas/ sembraron en manada a nuestros padres”. 
El concepto alrededor del agua es similar; el agua tiene diferentes status de acuerdo a su origen. G. Gerbrandy afirma que “para la gente andina, los manantiales son las “bocas” y “puertas de comunicación” con los apus y orqos, cuyas aguas provienen desde las profundidades de la pachamama, por tanto, son las más “sagradas”. “El manantial tiene un fuerte influjo vivificante, sus aguas son seminales.”[1] Específicamente el agua que brota del interior de la tierra posee un rango mayor, como la sangre, el semen o el periodo menstrual en los humanos, también las ideas, las palabras y la reflexión, tienen esta misma categoría. En apariencia, como el agua de los manantes, los fluidos corporales, las ideas y las palabras son inmanentes al ser humano fisiológico o inteligente, respectivamente, pero las comunidades andinas aseveran que la garantía de su presencia y durabilidad dependen de la capacidad de “crianza” de los seres humanos, huyhuani en quechua, uywasiña en aymara. 
El “criar” para el hombre del ande, no es sinónimo de “educar, enseñar o instruir” como para el occidental, el concepto está más cerca de cuidar, proteger, alimentar, preservar fundamentalmente con ternura, empatía, respeto, consideración. No es una acción vertical como lo entienden los no andinos, proteger o cuidar a quien o quienes están en condición de vulnerabilidad, en el ande es un acto totalmente horizontal, una búsqueda de equilibrio o armonía. No se cuida o se “cría” por su calidad de indefenso, se cría por conciencia de reciprocidad, porque ellos también nos cuidan o nos crían, se cría la chacra, se crían los animales, se cría cada una de las partes del entorno y también se deja que nos críen ellos. 
También se cría la honestidad, se cría el respeto, se cría el amor y se crían las palabras. 
Las palabras llegan con nosotros del mundo interior cuando nacemos, es como una semilla, pero no todos saben criarlas adecuadamente; para que crezcan y se hagan sólidas; la persona, la familia, el ayllu y la vida contribuyen, es trabajo de todos, pero la equivocación de uno provoca su retraso o su interrupción. Tomemos en cuenta que quien habla su lengua nativa y el castellano, tiene la obligación de “Criar” las dos palabras, debe ser doblemente reflexivo, doblemente sabio. 
Las palabras surgen de nuestro sonq´o (quechua), o Chuyma[2] (aymara), que podría entenderse como corazón, pero con mayor propiedad se utiliza para designar latido, lo que permite la circulación de la sangre y por tanto la vida (también hace referencia al sistema digestivo que procesa el alimento o al respiratorio, que llena los pulmones de oxígeno); las palabras provienen de lo que se considera el centro, el núcleo del cuerpo humano, chaupi en quechua, o taypi, en aymara; las “mariposas en el estómago” que sentimos cuando nos enamoramos o nos asustamos tal vez sea metafóricamente lo más descriptivo, García Márquez se detiene a describir en Cien años de soledad cómo uno de sus personajes siente en el estómago, el amor de quien en ese momento le está acariciando. 
Se cría la palabra reflexionando de manera interna, íntima, para que luego brote el discurso como el agua de un manantial, refrescante, clara, transparente; criar la palabra trasciende a la idea de hablar bonito o apropiadamente, de poseer un verbo florido, es hablar con sabiduría, con una sabiduría con muchas dosis de ternura. El andino pide “permiso para hablar” y “entrega palabras grandes”, piensa y reflexiona con el corazón, y espera que lo entiendan de la misma manera, no siempre se busca lógica o razón en el discurso, tampoco es una emoción o un sentimiento exacerbados o cargados de una pasión instintiva, es hallar equilibrio entre conciencia y discernimiento; criar la palabra también hace referencia a la capacidad de entender y de escuchar las razones del otro y de lograr que haya “entendimiento” entre los miembros del grupo. 
Entre los tradicionales tocadores sikuris aymaras, es común que durante las celebraciones los miembros más jóvenes del conjunto le soliciten al guía (al líder), que enamore en su nombre a la muchacha de su interés; es también muy común que sean los padres o los padrinos los que hablen en nombre de la pareja joven para concertar la unión o para arreglar desavenencias; muchas veces se le pide al más anciano o a “quien sabe hablar” que hable por ellos. Sólo el que ha sabido criar la palabra puede expresar adecuadamente los sentimientos del otro. 
Es por medio de la palabra, principalmente, que los andinos han transmitido y preservado una cultura de miles de años, cuya esencia sigue vigente. Ellos saben de esto por eso cuidan lo que dicen, pero fundamentalmente a quién se lo dicen. La palabra es un bien preciado, no se dilapida, al contrario, se guarda, se atesora; la conversación es un ritual, donde se ofrenda, se recibe y se corresponde, se aprende y se transmite. Si no se logra esto, es mejor el silencio, que permite la acción de reflexionar, de seguir criando la palabra, para saberla usar en su momento. 

[1] “Reparto de agua en un rio, en los valles interandinos”: el caso de Chilichi Bolivia. G. Gerbrandy: En Boelens R. y Dávila G. editores. 1998. 

[2] Ver: “Transcripción del Vocabulario de la Lengua Aymara” P. Ludovico Bertonio 1612, Instituto de las Lenguas y Literaturas Andinas-Amazónicas (ILLA-A) La Paz, Bolivia, Octubre 2011.

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