lunes, octubre 29, 2012

YATIRI

Pintura: José Luis Barriga

Yenine María Ponce Jara

Me vi a mi misma observando la blanca estela que dejaba la lancha en su paso por el lago, el viento me obligaba a cerrar los ojos y la ya distante figura de un Arturo resignado en el muelle agitando la mano se distorsionaba, pronto fue un punto. Su insistencia en acompañarme había agotado mis nervios, luego me provocó un sentimiento de aflicción, pero este hastío de todo me hacía huir incluso de él. 
La lancha ya estabilizada parecía suspendida en el aire, era un viaje tranquilo, la gente local hablaba eufórica en su idioma; absorta como estaba no presté mucha atención en lo que decían. La proximidad de los rituales, los sacrificios, los pone nerviosos –pensé. Me pareció extraño, no siempre es así. Mi memoria de pronto dio un giro y recordé que mi familia no sabía dónde estaba, creí habérselo dicho a una de mis hermanas, ella, tan ajena a estas realidades, solo entendería que estaba en un lugar muy distante en la sierra del país satisfaciendo una extravagancia. El lunes muy temprano había llamado a casa pero no encontré a mis padres, Marita me contó que habían salido de compras y llegarían muy tarde, con la dulzura de siempre me preguntó cuándo volvería y me reprochó plañidera mi decisión de postergar una vez más mi regreso. 
-¿Por qué te gusta que te extrañemos todo el tiempo? -Protestó. 
-Tengo que cumplir con esto -le dije-, está en el protocolo académico, pero en verdad quiero hacerlo bien, no te preocupes regresaré en cuanto pueda. 
El silencio resignando al otro lado de la línea fue más que elocuente presintiendo la mentira 
-Te vas a doctorar de bruja, imagino -intentó bromear. 
-No son precisamente brujos -le contesté, cortante. 
-A ver si aprendes a volar en escoba y te vienes de una vez. 
-Te lo prometo. 
Desde hacía varios años ya nada era igual para mí. Ahondarme en los pueblos más distantes de la sierra, con esa gente desconocida y silenciosa me había proporcionado un refugio. Después de cinco horas en lancha, el cansancio ya no me dejaba pensar. 


El penetrante olor de los quintus de coca me devolvió a la realidad, a mi alrededor había silencio y oscuridad. Miré al hombre fijamente a los ojos y tuve la sensación de observar dos cuencas vacías, absolutamente inexpresivas, indiferentes a mi presencia. Reparé por primera vez en su rostro arisco, cetrino, surcado por infinitas líneas, curtido por el inexorable sol y el despiadado frío de la puna. Toda la memoria del infinito dolor de su pueblo estaba empozada en esa expresión. Me estremecí. “Yatiri, yatiri, yatiri”, susurré. Un grito de sorpresa se ahogó en mi garganta convirtiéndose en un suspiro y revelándose en la expresión de mis ojos, lo miré interrogante, él continuó con su trabajo sin inmutarse. Aterrada, tapándome la boca para no gritar, observé la coca quintucha, y que sobre los llampus dispuestos primorosamente sobre el níveo vellón de alpaca y los pétalos de claveles rojos y blancos que formaban un circulo perfecto, había puesto caramelos. “¡Caramelos! ¡caramelos de colores! ¡es un pago dulce¡”, pensé. La presencia de mixtura y cintas de colores me lo confirmó. ¡Pago dulce aymara! ¿Aymaras entre los quechuas? ¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¡Wilancha!, será una Wilancha


Había asistido a tantas ceremonias andinas, con cierta indiferencia al principio, con curiosidad luego y los dos últimos años casi con obsesión. Preguntaba continuamente el significado de cada objeto y cada acción y el porqué de su presencia en la ofrenda, indagaba una y otra vez para confirmar mis certezas, había agotado a mis maestros y cuanta persona en el lugar mostraba disposición a enseñarme. Junto a la lumbre y al calor de los fogones, escuchaba con atención tratando de interpretar sus palabras, podía quedarme toda la noche oyendo con atención y volviendo a hacer las mismas preguntas infinidad de veces hasta entender el mensaje, luego le daba mil vueltas a las afirmaciones de los viejos chamanes interpretando y reinterpretando sus respuestas, dormía casi a la madrugada agotada de analizar y prender mil veces la linterna para anotar las ideas en mi libreta de campo, casi siempre aterrada de las sombras que se dibujaban en la oscuridad y de los lúgubres susurros de la noche que me sonaban a lamentos de almas en pena. A pesar de haberlos conocido tanto, siempre les fui ajena. 


A esa altura, en la inmensidad de la puna, el zumbido en mis oídos iba a la par con el impetuoso silbido del viento. Respirando con dificultad, con los miembros entumecidos y aletargada por la hipóxia, llegaba al pico del Tata Apu, jadeante por el ascenso, sintiendo ese frío de la madrugada que cala los huesos. 
La sensación en mi rostro de mil cuchillas por la brisa helada que viene del lago y penetra por todas los resquicios de la ropa, me provoca dolor. Arrodillada a su lado, ayudo con los previos de la ofrenda recordando los detalles del ascenso, el interminable camino sinuoso en medio del roquedal, la oscuridad que estimulaba mi torpeza y me hacía tropezar continuamente con las piedras filosas que herían mis pies y mis manos, avanzaba penosamente tras mi guía con un sentimiento de rabia y frustración por mi lentitud. Nuevamente la realidad me da de golpe, su cántico ritual invade mis oídos y me marea. Ese lamento profundo, lejano, como un eco, pero que resuena como si saliera de mi propio cerebro, de mi memoria ancestral, de un yo interno y desconocido, es imposible que provenga de garganta humana.


-Toma un poco de trago y coca -me había dicho-, te ayudará para la caminata, subir al Tata Apu no es fácil. 
Aun dormida le pregunté qué hora era. 
-Ya es hora –contestó-, hay que llegar a la cima antes de que amanezca. Toma un poco de trago y coca –insistió-, levántate, hay que challar
-¿Challar? ¿Por qué? -me sorprendí, antes no hacíamos… 
-¡Apúrate! -me interrumpió-, subir al Tata Apu no es fácil. 
-Pero ya he subido antes. 
-Pero esta vez es muy diferente. 
-¿Por qué? -le pregunté mientras me alistaba rápidamente. 
-Iremos por otro camino, es más difícil y peligroso, yo te guiaré. 
-¿Y por qué no por la senda? –interrogué. 
Sin contestarme, se dio vuelta y lanzó chicha a la tierra, musitando oraciones saludó a sus dioses haciendo una reverencia hacia los cuatro puntos cardinales. 
Cerré los ojos deseando desde el alma creer en esos dioses andinos, confiar en que la ofrenda cambiaría mi vida y si no, por lo menos me proporcionara alivio, aliento, consuelo, olvido. Abrí los ojos. “Imposible”, pensé. 
Ya habíamos llegado al viejo puente colgante, aferrada hasta lastimarme a sus sogas lo atravesé bamboleándome asustada, allí desviamos por la cañada.


Avergonzada, caminaba esforzándome por mantener su ritmo, el viejo yatiri se detenía continuamente para esperarme, luego de un trecho me señaló una piedra plana que apenas pude ver por la oscuridad, 
-¡Recógela! –ordenó-, ¿ves esas piedras una encima de la otra? es una apacheta, coloca tu piedra sobre ellas, deja tu cansancio, deja tu pena. 
Obedecí sumisa. “Ojalá fuera tan sencillo dejar en medio del camino, mi pena, mi sibilina pena representada en una piedra”, pensé. 
La humedad de la noche había producido un fino tapiz de escarcha sobre las piedras haciéndolas resbalosas. Habíamos salido del caserío antes de la media noche, debía apresurarme, el cielo estaba despejado, se podían ver las estrellas como si estuviesen al alcance de la mano, significaba que amanecería cerca de las cinco. El yatiri se impacientaba. 
Extenuada, en la cima de la montaña, miraba sorprendida el espacio sagrado donde se quemaría la ofrenda. No era el habitual, a pesar de la oscuridad, desde donde estaba se distinguía el corte profundo de una quebrada que dejaba a la vista un barranco interminable y al fondo, casi indistinguible, el lago. Mientras observaba, absorta, me vi a mi misma observando la blanca estela que dejaba la lancha en su paso por el lago. “¡Ayúdame¡” había ordenado. Presurosa, me arrodillé y saqué de su chuspa los textiles ceremoniales, los q´eros, el tomín con chicha y las conchitas espóndilos; cuando terminó de distribuir el contenido de la ofrenda ayudé a doblarla prolijamente, recién entonces me atreví a preguntarle con audacia: “Esto es un sacrificio, esto es una Wilancha, ¿dónde está la alpaca? ¿qué vamos a sacrificar? no hemos traído el Tumi”. 
El rictus de su rostro me dio escalofrío. 
Lo miro interrogante, casi suplicante, nuevamente busco sus ojos ahora escondidos tras el raído sombrero de paño, me detengo en el pallay de su poncho negro de ceremonia, miro el pagu dispuesto para el sacrificio de la alpaca, busco la ofrenda principal, observo el profundo barranco. Aterrada por lo que significaba, me había puesto de pie decidida a correr, a escapar. Unos segundos después del empujón sentí el vértigo de mi caída



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