domingo, noviembre 07, 2010

RITUALIDAD DE LA MUERTE (tercera parte)

Yenine Maria Ponce Jara
La muerte es un acontecimiento complejo e inexplicable. En todas las sociedades humanas la muerte es objeto de rituales que tienen como fin establecer la separación de la persona fallecida del grupo social, la ascensión a un nuevo status o el inicio de una “nueva vida”.
Los diferentes grupos culturales han creado una serie de ritos y ceremonias para el tratamiento de sus difuntos, estas ceremonias simbolizan la concepción que cada grupo humano tiene de la muerte; existe una correspondencia directa entre la posición social que ocupó el fallecido en vida y el tratamiento que recibe al morir, tal trato comprende el grado de participación en el funeral, la preparación y la naturaleza de la tumba, y las ofrendas dejadas con el difunto que simbolizan ritualmente el estatus del individuo.
Las tumbas de los antiguos peruanos contenían ofrendas en miniatura: herramientas, instrumentos musicales, utensilios de cocina, textiles, generalmente relacionados a la actividad que desarrollaba el individuo en vida.
Estos objetos, de acuerdo al imaginario andino, estaban destinados a ser utilizados durante el viaje del alma al inframundo (uku pacha en quechua), o en el transcurso de los tres años de permanencia en la tierra que hasta hoy atribuye la gente del Ande al “alma nueva”, vale decir al fallecido reciente. Las únicas cosas que iban en tamaño natural en el ajuar mortuorio eran la ropa y la cerámica, las joyas e insignias. La vestimenta era la que usó y la cerámica que manipuló en vida. No se incluía ropa u objetos nuevos, porque se asume que probablemente le provocaría al alma confusión y desasosiego al no ser reconocidos.
La práctica de mantener los cuerpos de los difuntos y cuidar de ellos de manera tal que parecía que seguían vivos y manteniendo su status, tenía como objetivo preservar su memoria y su “presencia” (ver en este blog, ritualidad de la muerte primera parte), para que ellos propicien los dones de los dioses. Si faltaban estos soportes, “la vida” de ultratumba desaparecía, y el individuo sufría una segunda muerte más atroz que la primera, ese sufrimiento eterno podría alcanzar en alguna vuelta del “Pachacuti” (filosofía del eterno retorno andino), a alguno de los miembros de la familia que lo descuidó, o se podría perder al intermediario familiar que dialoga con los dioses.
Huaman Poma de Ayala describe que en tiempo de los Incas el mes de Ayar Marcay Quilla, noviembre en nuestro calendario, era dedicado a los muertos, cuyos cuerpos eran extraídos de sus bóvedas, llamadas PUCUYO (denominación cuya simbología está asociada también a la envoltura de las larvas), y se les daba de comer y beber y les renovaban el vestuario, se les ornaba con plumas en la cabeza y cantaban y danzaban con ellos, luego eran colocados en andas y eran llevados por las calles de las comunidades (recordemos el Corpus Christi del Cusco, y su relación con los zeques y las sucancas sagradas de lo que nos ocuparemos en una próxima publicación), con gran algarabía.
Los antiguos peruanos que dividían su espacio cosmovisional en tres niveles, considerando al Uku Pacha, como el mundo de los muertos. El mundo era concebido como un plato con dos caras: una de ellas el mundo de los vivos, y el reverso, el de los muertos, este mundo era nuestra matriz, nuestro origen, por eso se creía que el sol saliendo por el Oriente, atravesaba un mar interior, el lago Titicaca, y se hundía en el poniente, en las aguas del océano Pacífico; es decir, salía del mundo de los muertos para alumbrar el mundo de los vivos.
Van Kassel y Dionisio Condori en "Trabajo en el mundo Andino-Criar la vida", manifiestan que los dones alimenticios son considerados por los andinos frutos de la reciprocidad, es por eso que la costumbre de "pagar" a los seres tutelares así como a las "almas " de nuestros difuntos que son el puente de comunicación entre los dioses y los miembros de su familia, estas ofrendas son para agradecer por lo recibido desde lluvias, semillas, cosechas, heladas, animales de pastoreo y todo el mundo que nos rodea. El éxito de la ofrenda y la concesión de lo solicitado dependen de los potajes y frutos escogidos.
El hombre del sur andino, hace una clara distinción entre tipos de muertes y le da una categoría a cada difunto. La muerte repentina se considera como castigo o como el efecto de un poder maligno, la muerte tranquila por vejez o tras larga enfermedad, se reconoce como natural, esta última no es observada como trágica, al contrario se celebra el nuevo status del alma. Pero además, se distinguen otros casos especiales, como aquella causada por el rayo, que es imaginada como castigo, sin embargo el sobreviviente cambia de estatus y se le atribuye una liminalidad entre los vivos y muertos. El homicidio es muy lamentado porque se entiende que el espíritu del difunto no descansará hasta que el asesino haya muerto y pasado a la eternidad como "condenado" (alma que no tiene descanso y vaga con mucho sufrimiento por todos los caminos asustando a quien se le interponga); y finalmente la muerte por embrujo, que generalmente es un fallecimiento tras breve enfermedad, extraña, desconocida y dolorosa.
Se cree que los "condenados" (transgresores de las normas severas de la comunidad, el incesto, el homicidio, la agresión a los padres o abuelos, la violación a niños, provoca una condenación eterna), constituyen un peligro, asustan y enferman a los vivos, habitan caminos y lugares desolados, se evita su tumba, el lugar de fallecimiento, la casa y lugar donde trabajaba en vida.
Se les denomina "angelitos" (voz y concepto hispano), a los niños que mueren bautizados; son los “Achachis o Aguichas” (voces aymaras), abuelos y abuelas, los ancestros de las familias, y comunidades, constituyen ayuda e intercesión con los dioses. Los "gentiles" son los espíritus de los antepasados pre-cristianos, ellos constituyen un peligro porque no vivieron en el “tiempo de las normas comunitarias”, los Soq´as en quechua, provocan serias enfermedades en particular a los niños. La denominación de "almas" en general, se les da a los espíritus de parientes y conocidos, se presentan en sueños para pedir una vela, o rituales en su aniversario o en la celebración del "día de los muertos", suelen ayudar a las personas y protegerlas de peligros cuando se les invoca o pueden espantar si no se las respeta.
El hombre andino le atribuye a determinados espacios físicos, como cavernas profundas en las montañas, lugares aislados con agua subterránea, tumbas abandonadas y muy antiguas entre otros, como los lugares relacionados con la muerte, de estos espacios se dice emanan fuerzas peligrosas y malignas, los sitios donde ocurrieron muertes violentas entran en esta categoría. Se conjurará estos lugares con “challas” y “pagos” (ofrendas tradicionales), con misas católicas, generalmente para difuntos, con bendiciones de sacerdotes también católicos, o depositando objetos benditos.
Sin embargo cuando las condiciones de homenaje a los muertos están dentro de las habituales se caracterizan las ofrendas del medio día del 1 de noviembre (ver en este blog ritualidad de la muerte segunda parte), en los altares domésticos (en aymara apxatras) que se ofrendan para homenajear a "almas buenas". Si fue un niño serán productos dulces y golosinas y frutas dulces. Para aplacar la ira de las "almas malas" o de los seres no queridos, el Yatiri (sacerdote aymara), les prepara una mesa u ofrenda llamada “Chiyara”, con productos malogrados, despojos orgánicos, plumas de búho, pelo y heces de zorro, todo esto sobre una manta negra o papel periódico, se ofrece en la noche y en lugares alejados con el único fin de que no traiga males enfermedades o pestes, porque en la eterna búsqueda del equilibrio del hombre andino, lo positivo y negativo son dos fuerzas paralelas que deben buscar espacios de complementariedad en un taypi o centro.

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