viernes, marzo 05, 2010

MÁS QUE SÓLO MÚSICA ANDINA

FOTOGRAFIA Yenine Maria Ponce: Amantani - Puno, pachatata 2006

Por: Yenine Maria Ponce J.

Cualquier estudio de la música no debe limitarse solo a sus formas y estilos o al sonido musical en sí mismo, sino también a su relación funcional con el medio social, su influencia en él y cómo el efecto permanece, varía, o se conserva a partir de las innovaciones tecnológicas, los cambios sociales y la moda. Desde el siglo pasado y en la actualidad, la música se ha convertido en un elemento importante para el estudio de la cultura y sociedad de los pueblos, específicamente en los tradicionales, por la estrecha relación que guarda con la tradición oral, los ritos, las ceremonias y esencialmente con el mantenimiento de las identidades de sus miembros. En el ejercicio de conservarse o recrearse con los cambios y la modernidad, los pueblos han ido forjando estrategias de resistencia que forman parte de un capital cultural con características propias.
Para aproximarse a una completa percepción de la música de los pueblos tradicionales es necesario descifrar las normas y reglas adscritas por la cultura en la que se ha desarrollado. Hay que tener en cuenta qué elementos han influido sustancialmente en su producción, qué ha querido manifestar el artista y cómo son los niveles de percepción de los demás actores sociales, relacionar las estructuras musicales con las estructuras culturales. Hay que considerar que los criterios estéticos que determinan la calificación de calidad o apreciación de belleza o fealdad de una creación o recreación artística (musical), son aprehendidas social e históricamente. Recordemos que la estética, es una forma de conciencia social específica estrechamente ligada a la cultura.
El análisis de las agrupaciones orquestales de instrumentos autóctonos del ande como, sikuris, pinquillos, tarcas, calamachos, chiriguanos y otros, nos demuestra que estas expresiones, sintetizan las relaciones materiales de las estructuras sociales e ideológicas de la experiencia andina, con la creatividad individual y colectiva enlazadas por las experiencias de discriminación y exclusión de la sociedad mayor occidentalizada y por la profunda resistencia que observamos en manifestaciones contestatarias, lo que contribuye a su dinamismo.
La actividad musical del ande está envuelta en un sentido sacro y nace entre los pueblos relacionada con ritos, ceremonias u ofrendas a los dioses más que por la sola necesidad de disfrute o estética; este criterio aun prevalece en la adopción de ritos católicos hispánicos y su paralelismo en ch´allas y tinkas a la Pachamama, Apus u otras deidades a través de la memoria como conjunto de saberes y prácticas que generan identidades y determinados comportamientos socioculturales.
Sin embargo, la nueva corriente de la modernidad, como la colonia en su momento, cambia las condiciones objetivas de la comunicación entre sus actores; es decir, la relación funcional de la música con las estructuras culturales y sociales. Cuando reaparecen ciertos géneros musicales tradicionales en otras escenas desde zonas rurales a las urbanas, y la música es expresada en espacios similares al original, demuestra su carácter de actualización en su modo de asimilarla y en provecho de las identidades y las resistencias; el hecho de que se vayan transformando determinadas manifestaciones musicales en letras, composición, melodía, los espacios físicos, los ritos y los momentos en que se representan explica la permanente redefinición de las prácticas cotidianas, las tradiciones y los rituales, porque actualizan aquellos sentidos todavía necesarios para una determinada comunidad.
Ahora, la casi completa pérdida de las características musicales de determinadas áreas geográficas o regiones; la imposición de los modelos de la cultura urbana en vastas áreas campesinas y amazónicas provocan la desaparición de las tradiciones autóctonas de la música, haciéndoles perder su funcionalidad ante los nuevos modelos de comportamiento, y por la misma razón, se vuelven objeto de una recuperación culta en la que la música original ya no es culturalmente manejada por sus propios creadores o herederos, ahora se traslada al campo de estudio de sociólogos y antropólogos en un afán de rescate, conjuntamente con todo lo que ello implica para detener la alineación o enajenación o total desaparición.
En la actualidad somos testigos silenciosos y pasivos de los profundos cambios que la lógica occidental dominante induce en la creación artística original de nuestros pueblos. Dentro de la cultura andina existe una estética propia que difiere de la occidental, las manifestaciones de danza, música y coreografía, en las fiestas andinas, podríamos percibirlas como arte total, no sólo por la presencia simultánea de danza, música y coreografía, sino, porque cada una de las áreas se explica en relación con las otras. La profunda variación del concepto de los contenidos estéticos, por influencias externas, representa, también, un poderoso factor de transformación en la esencia de nuestra música andina original, que ahora comprende múltiples componentes psicológicos y culturales más acordes con la tradición de la cultura occidental que a las raíces de nuestros originales patrones de música, danza e instrumentos
Se observan modificaciones fuera de toda razón, sin percibir las peligrosas consecuencias que provocan en la mentalidad y en las abstracciones del poblador quechua y aymara. Muchas veces prevalece el régimen de consumo, y la dinámica socio económica y cultural no andina, provocando cambios que ocasionan una pérdida de su esencia que podría perjudicar el análisis de ciertas particularidades primigenias, como la permanencia de la dualidad en su composición técnica e interpretación, así como de la manifestación de los espacios rituales.
Las innovaciones han provocado la aparición de nuevas artes que “desprestigian” la autenticidad de la etnomúsica de nuestros pueblos, provocando no sólo un crecimiento cuantitativo del consumo de otros géneros musicales que tergiversan determinado contexto (ritos, cosecha, siembra, bodas, etc.), sino que determinan la emisión de simbologías distintas o distorsionan las originales en espacios sagrados, que a su vez provocan hábitos de disfrute cualitativamente distintos alterando nuestros sentidos identitarios.
La etnomúsica deja de producirse en forma activa, se escucha pasivamente y cada vez de manera más aislada. El re­pertorio que se ofrece ahora es muy variado y vemos que se está optando por la canción de consumo a la vez que el género musical autóctono alterado y modificado sufre un proceso de in­tegración a un mercado que le exige cada vez mayores variaciones porque tiende a dirigirse más a un público di­versificado, sectorial, estratificado.
La música, tradicionalmente de carácter social, transfiere esa característica del plano interpersonal a la pertenencia abstracta a una determinada categoría de consumo definida por el mercado y, en contraste, con las posibilidades de extrema perfección en el campo de la reproducción. El hecho de escuchar la música en otros ambientes y a menudo de manera involuntaria, fuera de los canales tradicionales del rito y la ceremonia o en los momentos de importancia trascendente, contribuyen a disminuir la sensibilidad del oyente, a transformar la etnomúsica, sagrada en su medio, en un mero fondo sonoro que se "oye" al margen de las otras actividades, y pasa a formar parte de lo cotidiano, de lo existente, perjudicando su contexto cultural.
Es necesario enfatizar el carácter fundamentalmente defensivo de la cultura andina: luego de más de quinientos años resistiendo la tiranía hispana, la imposición de patrones culturales distintos con clara manifestación de desprecio y discriminación, soportó el éxito del proyecto criollo la independencia del Perú que llevaba consigo la herencia hispana de desprecio a lo indio, y en la actualidad la corriente de modernidad que no la incluye en su proyecto de desarrollo, sin embargo la cultura andina sigue perseverando porfiadamente para mantenerse.
Es permanentemente desacreditada, se le considera poco compleja e incivilizada, descalificada para incluirse en la modernidad, incapacitada de creación culta, en estas condiciones de descrédito únicamente puede defenderse con mayor inteligencia y habilidad, encontrar pequeños bolsones de continuidad y resguardar su cultura con absoluto celo, consintiendo en alterar sólo la forma pero nunca la esencia, y de alguna manera se ha logrado en la música, textiles y en su religión, pero este afán no siempre es exitoso, para lograr su subsistencia es indispensable agrupar los fragmentos de la memoria de sus pueblos para reconstruir por lo menos parcialmente, el complejo universo de lo andino.
Quienes tratamos casi siempre con afán científico de aproximarnos a la cultura andina, algunas veces, sólo tenemos la posibilidad de acceder a fragmentos, y con esfuerzo al lograr ligarlos alcanzamos a componer o recomponer un aproximado de lo que pudo haber sido el mundo andino prehispánico. Pero más allá del que hacer y de la curiosidad científicos, perseguimos como intimo deseo, acercarnos lo más posible a la realidad original de estos pueblos y así comprender mejor la vertiente andina que es una de las bases de nuestra peruanidad, esto permitirá su inclusión en los proyectos de desarrollo nacionales con consideración a su identidad y a su cultura, con respeto y no con decisión erosiva, o peor aún, destructiva, porque la agresión de la que es víctima toda manifestación andina incluida la artística en la actualidad, va deteriorando poco a poco su producción, su continuidad y su resistencia condenándola a una desaparición; por lo tanto debemos asumir todos, la responsabilidad de defenderla y conservarla, demostrando su valor para mantenerla vigente.

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